La estructura del aparato psíquico será representada por una máquina de escribir.

-Derrida-

HOY, donde esté Van Gogh

GRAFFITIS EN MADRID

GRAFFITIS EN MADRID
hombre en la ventana, Daniel Moreno García

“Si mi libertad no estuviera en el libro, ¿dónde estaría? Si mi libro no fuera la libertad, ¿qué sería?” -Edmond Jabès-

viernes, 1 de octubre de 2010

LA MEMORIA

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LA MEMORIA











Dice Barthes en La Cámara Lúcida que la fotografía es un certificado de presencia y dice también que “la fotografía llena con fuerza la vista, en ella nada puede ser rechazado ni transformado”.


Las fotos que tengo, las que considero una riqueza tener, son todavía inmensamente mayores que las posibilidades de mis palabras; no sé si lo que dice Barhes será verdad, al principio me resistí a creerlo incluso tomándole a él a lo largo de todo su libro como un perfecto aliado, pero con el transcurso de los días voy sintiendo que cada vez se me parece más verdad.



Queda algo indecible entre lo que veo allí, que es lo que siento, y lo que soy capaz de pronunciar. Pero hay algo más: en cuanto dejo de mirar las fotos, cualquiera de ellas, lo que es todo un paisaje, en efecto de presencia, se desvanece. He llegado a intentar hacer experimentos raros, pero por poco que desviara la vista de las imágenes, se convertían en pasado.
Un domingo por la tarde, se hizo sensible la presencia de la muerte en el recorrido que estaba haciendo a través de esos lugares; era un sentimiento de dolor agudo, de impotencia más grande todavía que mi deseo de volver, me resultó terrible ir a encontrarme con toda esa verdad que caí en un estado de tristeza que no desapareció en todo el día. Hoy, por miedo a destrozar mi vehículo para volver, no he querido escribir estas palabras junto a las dos páginas que abrí con fotos y citas de Barthes y también algo de poesía. Incluso con la insistencia de la muerte, esta otra página gana al traer esto aquí. No sólo con las fotografías ocurre el milagro; hay imágenes, olores, determinadas formas de la luz, montones de cosas aunque en absoluto cualquiera permite que reaparezca, pero siempre tiene la habilidad de desaparecer demasiado veloz, apenas permitiendo olvidar el presente repleto de certezas, espacios, galaxias enteras en las que no deseo estar. He llegado a pensar que no podré jamás relatar, pretender la sucesión de las palabras con lo vivido, es imposible, pero es que yo no quiero una prosa superior, sino algo que borre las borraduras; quizás tenga que abandonar miles de días para poderme creer lo que diga.


De momento sé que me he rebelado todas las veces contra la palabra recuerdo en relación a las fotografías porque, siendo como lo son ese certificado de presencia, llamar recuerdo a lo que se levanta sin que ni un solo signo concilie el antes y el ahora, es como poco una frivolidad; yendo por cualquier parte donde recuerdes, la ausencia de un ser querido, su muerte ya, más que permitirte añorar, lo que hace es asentarte en la realidad, en un presente externo porque cualquier roce sobre lo que alguna vez se amó no se resigna a ser menos. Aparece el concepto de años, capas profundas que se han empeñado en borrar la luminosidad pero que no dicen nada de los miles de recovecos, formas, sonidos, un infinito lenguaje que es del que se sirve el amor para desbaratar el tiempo y el espacio contenidos entre la vida y la muerte. Las fotos, la foto, tiene ese poder, prolongarlo es lo que estoy buscando. Borrar efectivamente las borraduras de las que se sirvió el olvido, y bajo otra mirada ya, que ella ejerza de anfitrión.


El huerto en aquel domingo tenía todos los zarzales amontonados como si el tiempo los hubiera sacado de la pared sobre la que solían extenderse, y no por ellos mismos, sino porque un poco más arriba el escenario tenía, tal vez, un exceso de densidad, como si el espesor fuera la forma que había adoptado un dibujo hecho con una extrema rapidez que no guardara fidelidad alguna con los originales. Por faltar, faltaba todo, menos la tierra densa que me aplastaba la memoria; incluso el frescor del anochecer estaba ausente; incluso no se podían diferenciar los surcos ni el camino y todo era el zarzal curvado sobre mi espalda, tal vez, o sobre el propio domingo.





1 de octubre de 2010












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