La estructura del aparato psíquico será representada por una máquina de escribir.

-Derrida-

HOY, donde esté Van Gogh

GRAFFITIS EN MADRID

GRAFFITIS EN MADRID
hombre en la ventana, Daniel Moreno García

“Si mi libertad no estuviera en el libro, ¿dónde estaría? Si mi libro no fuera la libertad, ¿qué sería?” -Edmond Jabès-

lunes, 21 de febrero de 2011

LO FUERTE ES EL HILO

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LO FUERTE ES EL HILO














Hice capturas de pantalla, vídeos, montones de palabras con datos, nombres, situaciones; hice, dije, volví a decir y a hacer y continué haciendo, diciendo… y nada contaba la verdad. Me retiré porque ya había dicho y luego crecía demasiado el silencio, y lo que había dicho, era otra jaula en la que se insonorizaban las siguientes palabras. Mi vida entera quedaba sepultada debajo del murmullo de actos y relatos de voces ajenas.


Al día siguiente es hoy. A la hora en la que todos los días son el comienzo y lo seguirán siendo durante un escaso periodo de tiempo. A la distancia que marca cada noche, me despierto y escucho mi propia voz; lejana, con demasiada pesadumbre, acongojada y perdida. Muy perdida en este mundo que tiene un extremo de prisa por hablar. No encuentro mi lugar, me hace falta el silencio necesario para escuchar.


Las palabras son mudas por naturaleza, solamente a estas horas de la mañana puedo extraer de la prisa el orden imprescindible para que las palabras sirvan de algo. El lenguaje es un orden. No suena mejor una melodía porque se haga con más notas, para escuchar cualquier melodía, son necesarias determinado nº de notas y colocadas de una precisa manera. Tienen que estar en tal sucesión y repetirse en la duración exacta de tiempo que haya decidido su creador. Una figura blanca no puede sustituir a una semicorchea ni en una escala menor dará el mismo sonido que en la mayor ni se puede transmutar un do sostenido en un un fa de otra escala distinta para la que haya sido creado. Y ese trabajo meticuloso y preciso es la escritura. Se pueden combinar cualquier palabra con cualquier otra de la misma manera que hay millones de melodías, pero jamás suenan igual.


Yo necesito escribir mi propia partitura. La que tenga la melodía que yo deseo crear. El argumento no es lo principal, no importa si elijo un bosque o el asfalto o hileras de tejados o el mar; pero la inarmonía haría que fracasaran todos los argumentos.


Todo lo que se puede percibir es lenguaje, pero la manera de percibirlo, es un discurso. Luego hay tantos discursos como maneras de percibir. Interrumpir un discurso es tener otro discurso que suena tal vez más alto, que se oye más, que tal vez no deja que se escuche el discurso interrumpido, pero no deja de ser otro. Y que se oiga ese y no el anterior, no significa que suene mejor, que sea agradable y ni siquiera que sepa nada del discurso que interrumpió. De hecho, puesto que no lo escuchó, no puede saber qué decía.
Yo podría coger varias ristras de compases de una sinfonía de Beethoven y colocarlas junto a otra ristra de una sonata de Bach y habría sonido. Y podría hacer muchas mezclas puesto que hay muchos músicos y pegarlas y obtener muchos compases, pero si quiero hacer una melodía, tengo que oir cómo suenan esos compases juntos. Y es muy probable, que no me sirva de nada el azar y que, lo que a esos músicos les sonaba a gloria, si lo junto al azar o según el grado de gloria que obtuvieron por separado, no consiga nada más que una chapuza horripilante sin armonía alguna. Y si cojo sus partituras y las arrojo al fuego y entrego al intérprete otra escritura musical en su lugar creada con cortes de compase al azar, incluso si extraigo sólo los que sonaron mejor y desestimo los demás, además de no haber creado ninguna partitura, la que sí se interpretará, será una amalgama de sonidos que únicamente dependerá de quienes escuchen para que obtengan argumento. Se habría verificado así que no existe ninguna relación previa entre el que escribe y el que lee. Que el creador, es únicamente aquel que sea capaz de condensar en una misma melodía todos esos sonidos juntos según su propia escucha. Y que, para que eso sea posible, es necesario descartar montones de notas combinadas sin armonía. Los silencios, están en una escritura musical, bajo la misma necesidad que las propias notas. Hay tantas figuras para escribir los silencios como para escribir las notas. Una sinfonía, es una escritura muy larga. El efecto final, es agradable o desagradable, pero es el autor el que tiene en su oído la posibilidad de restar o sumar meticulosamente sostenidos, bemoles, acordes que formarán escalas menores o mayores; silencios y notas compás tras compás.


Lo que yo escucho a estas horas de la mañana, son todas esas notas, figuras, compases y escalas que fueron alteradas al azar sin tener ni la más remota idea de cómo sonaban. Hay tal articulación entre las ideas, el tiempo, los colores, la intensidad, las emociones, los silencios, los sentidos, las palabras, las imágenes, lo que almacena la memoria, cómo lo hace, la superposición de capas y de sustratos, de nuevo la intensidad, que resulta una osadía atreverse a utilizar un solo adjetivo para hacer sonar toda ese orbe de sinfonías. Ni uno y luego otro; no dos ni diez, ni montones de ellos porque, como digo, cada escritura musical es única e insustituible.


Mi ordenador es el escenario en el que se representan esos compases. Así que la palabra “ordenador” sustituyendo a la palabra “escenario”, es ante todo una osadía. Y todo lo que no sean las partituras originales no son más que osadías. La crueldad es posiblemente una sordera imperdonable. Un exceso de prisa, una torpeza o una ignorancia; no se puede leer esta figura:


silencio de blanca



por esta otra:



Silencio de semifusa


Es simplemente imposible.


Colocadas de tal manera, las mismas notas no duran el mismo tiempo, luego no sonarían igual:



  tres corcheas (tresillo)


≠                      

                 dos corcheas       más      una corchea




Dentro de un pentagrama, el tiempo no tiene duración si no se sujeta a las reglas obligatorias dentro de un código amplio pero delimitado: para que una figura represente un tiempo, necesita apoyarse en la nota correspondiente, que a su vez, no se podría pronunciar sin su figura. Sería una medida sin voz o una voz impronunciable:


 redondas que si son notas es por el lugar que ocupan dentro 
del pentagrama y en la escala de sol en este caso




Y como las notas fuera del pentagrama tampoco tienen sonido real ni es real el tiempo que representan. Muchas corcheas, si no se las coloca junto a otras notas musicales pero dentro de un pentagrama y durante un tiempo preciso, son notas monocordes que, durando tal vez doce segundos, se podrían escuchar durante medio minuto que, repetido tal número de veces, ocuparía toda la obra musical que, a su vez, no sonaría lo mismo en una clave o en otra:




claves de do y fa




Ni sonarían lo mismo si se ejecutan separadas o juntas:



 pentagrama con la clave de sol

pentagrama con la clave de fa



Y no tienen la misma voz en un violín que una guitarra o en un violoncello:




fragmento de partitura con clave de sol, fa y do




Así que, si toda escritura es un código, si cada discurso es el código con el cual se leen determinados fragmentos del lenguaje, si nada más es posible el discurso según la interpretación o código particular del que lee y es en todos los casos y todas las veces esa la única lectura real, si habiendo un solo lenguaje hay tantos códigos como discursos, códigos o maneras de interpretar ese único lenguaje, privarse o privar de la interpretación particular es negar las leyes propias del lenguaje, es confundir por un todo lo que es una parte, lo que es puro fragmento de un lenguaje tan amplio como lo son sus habitantes. Y si de esto se deduce que el discurso manifiesto es un orden o un desorden según con qué código se haya articulado el discurso, se da que determinados discursos no legibles, se hallan desarticulados respecto a otros que siendo parte de ese lenguaje universal, han ignorado la existencia de dicho Universo.


Para que se organice algo tan sutil y tan amplio a la vez como lo es el sonido del lenguaje, exige que se conozca la jerarquía o grado que ocupan las siete notas porque con eso producen tal o cual estímulo para el que escucha:

Tónica, Supertónica, Mediante, Subdominante, Dominante, Submediante o Superdominante y Sensible.
Un relativo no puede realizar la función de un verbo; si se altera ese orden estricto sin comprender previamente cual es la función del lugar que ocupa dentro de la estructura gramatical, resultan discursos incoherentes o efectos altisonantes, amalgamas de efectos que el cuerpo oyente no puede reconocer en cada una de sus partes y se derivan de forma brusca allá donde recaigan “sin orden ni concierto”. Así que la locura o la monstruosidad, se tratan de ciertas desorganizaciones del lenguaje.


Pero aún el lenguaje no es la gramática ni tampoco el orden que ocupe dentro de una frase (sintaxis) ni mucho menos qué diga el diccionario de su morfología; la estructura del lenguaje, requiere para serlo del código particular del hablante que no es accesorio, sino que es el único posible: el sujeto y lo que diga para él tal o cual frase. Y eso a su vez, mediando otra frase que sea la que lo represente ante la frase anterior. Aprender a hablar es aprender, no la combinatoria de unas palabras con otras que eso podría hacerlo cualquier programa docto en combinatoria; aprender a hablar, es aprender que existe una relación entre las diferentes estructuras que intervienen en la formación de los diálogos. Omitir al hablante, es tanto como haberse convertido en máquina. Y si el empeño en que las máquinas sean las que usurpan el lugar de los seres hablantes, no es reducirse a animales porque los animales tienen también sus códigos y se rigen por ellos, es nada menos que reducir el lenguaje a cosas. Así que no creo que sea ninguna gratuidad decir que confundir las palabras con las cosas, es una barbaridad; y creer que por no ser lo mismo existe entre ellos ninguna relación, es la misma barbaridad. Las cosas no existen sin el lenguaje que las representa. Por la sencilla razón, de que el Universo entero pasa de lo indeterminado a lo determinado, y si se trata de humanos, es éste el que lo determina todo. Ningún objeto se puede representar por ningún símbolo o escritura muerta a menos que esté presente el órgano que interpreta el símbolo que es el lector, que a su vez, al reescribir lo que lee, lo transforma y pasa a ser escritura viva. No existen las cosas ni los hechos aislados (indeterminados), tanto en lo que acertamos a decir como en lo que no; así que lo más inteligente, es aproximarse lo mejor posible a alguna clase de verdad. Porque se va a decir de todas formas, pero puede ocurrir, que no seamos partícipes de ello y eso no es ni menos ni más que cada propia vida.


De la misma manera que ocurre con los sonidos (música si están organizados en armonía), existe con las imágenes, con los colores y con todo puesto que todo lo que es percibido por alguien conforma un lenguaje. Un cuadro en el que el color negro o el blanco o el rojo o el marrón fueran los únicos, dirán algo determinado pero no pueden decir lo que diría el intercambio de esos mismos colores o colocados en diferente cantidad. Si no hay nadie capaz de percibir, no hay nada. El sufrimiento o la alegría humanas no son iguales a los de los animales porque manejan códigos distintos. Un animal, carece de posibilidades de adelantarse a los hechos a través del uso del lenguaje, el suyo es reducido al punto de “no saber”… lo que sabe, pertenece a otra organización en el tiempo. Simbolizar es representar-se mediante algo otro algo. Simbolizar es un verbo y no es un sustantivo como “símbolo”, requiere una acción que la realiza alguien. El animal, toma la imagen o símbolo pero no la trasciende más que a cierto periodo de tiempo; tal vez eso es la memoria, el cerebro humano, trabaja a otro nivel, llega más lejos en eso que se percibe como tiempo, lo que almacenó en su memoria, así que puede sufrir o disfrutar a otra escala mucho mayor. La actividad del “intelecto humano” se apoya en la abstracción, en una representación parcial de algo y el trabajo que hace luego con esa parte hasta que lo transforma en otro algo cuyo producto será según las articulaciones que haga de a su vez otras abstracciones y así sucesivamente. Para cualquier movimiento, el ser humano tiene que realizar ese ejercicio, incluso para el más básico y eso marca la diferencia entre un recién nacido y un ser adulto. El aprendizaje según el cual va siendo capaz de caminar, de protegerse del exterior o del interior de él mismo; y así como haya sido ese aprendizaje, se comportará independientemente de que tenga que reanudar a cada nuevo acto todo ese trabajo o de si fue algo que ya se registró y se mantiene guardado en una memoria “olvidada”. Básicamente, caminar, reconocer el espacio, usar determinadas palabras, es algo que se realiza de manera que no sea preciso iniciar los mismos pasos todas las veces. Pero hay un arsenal inmenso de actos que requieren de un comienzo permanente, y eso es hablar. La parte aprendida está en los diccionarios aunque esa también es modificable; pero hablar es algo que necesita estar en permanente trasmutación puesto que es un acto que sólo lo realizan los vivos. Así que, suponer que algo está ya dicho, que una parte puede sustituir a un todo inagotable e irrepresentable, es un gravísimo error. La condensación no sustituye nada, lo representa: es tanto como diferenciar metáfora que es una ampliación tan grande como lo pueda ser un ser humano, de reducción a símbolo o a cosa. Porque entre el símbolo y la cosa, no encuentro diferencia, metafóricamente hablando, ya que creer en que los símbolos hablan por sí mismos, excluye la posibilidad misma de simbolización.


En general y en particular, se hace un uso del lenguaje nefasto, reducido, amputado, que por si esto no fuera suficiente, se da por sabido que se sabe qué se dice y qué no. Es muy escaso lo que, aún sabiéndolo, nos es posible manejar, dirigir de manera adecuada. Nos encontramos siempre con que hay que esperar a ver los resultados para poder saber qué era lo que sabíamos y lo que no. la escritura permite tener acceso tanto a nosotros mismos como al mundo exterior, aunque tan sólo sea en parte, quizás en una millonésima parte o en una parte infinitesimalmente inferior a lo que la ambición o la codicia trata de estafar como verdad. Y dentro de la escritura, la poesía es con toda certeza, el instrumento más valioso para acceder a ese conocimiento. La poesía no es el orden versificado de tal o cual manera de decir, la poesía es la metáfora presidiendo el discurso. Bajo cualquier organización en los renglones, en los párrafos o en los libros, la poesía es metáfora. Metáfora imprescindible igual para las ciencias como para percibir un olor o lo que se produce en cada uno de nosotros al pasar por la calle. Un caudal incalculable que tiene que someterse a leyes que no lo son ni a favor ni en contra de quien lo use, pero que de no reconocerlas como lo que son, es siempre el infractor el que se queda excluido.


El arte, eso que llaman genialidad, estilo en términos más posibles, es el cultivo de un trabajo que sólo se puede realizar con el sometimiento a esas leyes. El infractor es bien un ignorante bien un estúpido que cree saber. La historia de los seres humanos, está impregnada de cúmulos de errores sin resolver. No hay en sitio alguno enciclopedia capaz de detener esos errores y hasta me atrevería a decir que hay, resumiendo, dos bandos: los que trabajan a favor y lo que lo hacen en contra de esa humanidad.


Dos palabras me atrevo ahora a rescatar de entre tantas: precisión y flexibilidad. Dos que, puesto que hablar es un acto metafórico, están pobladas de montones de otras que ocupan grados en esa escala que es el discurso; otras tales como rigor y modestia que, a su vez, se podrían seguir ampliando hasta crear un mapa o un dibujo o una imagen o una idea o varias ideas que son una manera de vivir.


La poesía y las prisas están en un constante antagonismo. La primera, ahorra recorridos que sólo ella es capaz de resolver y ofrecer como instrumento. La prisa, pretende dirigir un concierto que no utiliza más notas que las de llegar primero aunque no sabe ni donde ni quién habrá allí, y tal vez después, quiera llegar a donde había comenzado y con la misma prisa y acabará en un laberinto tan inútil como costoso.


¿Hablar para quién? Para que sea posible hablar. Para nadie y para todos, para que sea el lenguaje la categoría de lo humano. Porque en cada palabra inadvertida por el murmullo gigante de los que no quieren hablar, podría estar la clave de lo inatrapable, de lo irrepetible, de lo inmortal.




Pilar García Puerta, 21 de febrero de 2011













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